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Hipertensión arterial: diagnóstico y tratamiento

¿Cuándo se dice que un paciente es hipertenso?

La tensión arterial varía a lo largo del día y en respuesta a múltiples factores. Por ejemplo, durante la noche suele ser inferior que durante el día, debido al descanso nocturno. Asimismo, sube de forma pasajera con el estrés, el ejercicio, etc. Por ello, no se puede realizar un diagnóstico de hipertensión a partir de una sola medición elevada. De hecho, cuando se detecta una cifra aumentada se ha de tomar de nuevo la tensión ese día y luego dos veces más en distintos días para confirmar que un paciente es hipertenso.
Se considera hipertensión arterial una presión arterial sistólica superior o igual a 140 y/o una presión arterial diastólica mayor o igual a 90.
Con frecuencia ambas presiones están aumentadas. Sin embargo, y sobretodo en ancianos, es posible que tan sólo la presión arterial sistólica esté aumentada, siendo la diastólica normal. En este caso se habla de hipertensión sistólica aislada. Es frecuente que se crea (equivocadamente) que la presión arterial diastólica es un predictor de riesgo cardiovascular más importante que la presión arterial sistólica. Sin embargo, estudios epidemiológicos han demostrado que en ambos casos existe un riesgo aumentado de padecer enfermedades del corazón y de los vasos sanguíneos sanguíneos.

Cuando una persona presenta una cifra elevada de tensión arterial, ha de acudir al médico para que confirme dicho diagnóstico. Además ha de valorar la causa, la presencia de otros factores de riesgo cardiovasculares y si existe una afectación de órganos diana. Para ello recogerá la historia clínica del paciente, realizando una exploración física, así como un electrocardiograma y una analítica en sangre y orina. En ocasiones, se habrá de realizar otras pruebas complementarias para descartar una hipertensión arterial secundaria.
En función de las cifras, la tensión arterial se clasifica en: (ver tabla)

¿Cuál es el tratamiento de la hipertensión arterial?

La hipertensión esencial es una enfermedad crónica, no tiene curación, pero responde bien a tratamiento. Un buen control de la misma puede prevenir la aparición de complicaciones.
Es fundamental que el paciente sea consciente de que la hipertensión "ha entrado a formar parte de su vida" e intente llevar un estilo de vida saludable, modificando algunos de sus hábitos. A veces medidas muy simples pueden ser suficientes para devolver las cifras de tensión a la normalidad. Es aconsejable:

Abandono del tabaco
Reducción del peso en individuos obesos
Realizar una dieta pobre en sodio:  

Restricción de sal por debajo de 6 gramos al día
Evitar alimentos ricos en sodio: precocinados, enlatados y procesados
Evitar añadir sal en la mesa  

Modificaciones en la alimentación:  Aumentar el consumo de frutas, verduras y pescado

Disminuir el consumo de grasas saturadas (mantequilla, manteca, embutidos, patés, leche entera, bollería, grasas de origen animal)
Restricción de alcohol  Limitar su consumo a menos de 20-30 gr de etanol al día en hombres y de 10-20 gr en mujeres (p. ej: 750 ml cerveza, 250 ml de vino, 65 ml de whisky)

Ejercicio:  

Realizar ejercicio aerobio moderado de forma regular (caminando con rapidez o nadando 30-45 minutos, 3-4 veces por semana)
Evitar ejercicios isométricos como levantamiento de pesas

Reducir el estrés  


La decisión de si es necesario introducir un tratamiento farmacológico ha de ser tomada siempre por el médico. Existen numerosos fármacos para el tratamiento de la hipertensión arterial, pero la elección de un tratamiento en concreto depende del historial clínico del paciente, de que tenga otros factores de riesgo cardiovascular, de sus cifras de tensión arterial, de la respuesta a las medidas no farmacológicas. Es decir, el tratamiento ha de ser individualizado.
Actualmente los fármacos para la hipertensión tienen cada vez pautas más cómodas de administración y menos efectos secundarios.
Entre los grupos de fármacos más recomendados para el tratamiento de la hipertensión se encuentran:

Los diuréticos tiacídicos, que ayudan a los riñones a eliminar sal y agua, disminuyendo así el volumen de líquidos en el organismo y con ello la tensión arterial.
 Los betabloqueantes, que actúan sobre el sistema nervioso simpático disminuyendo la fuerza y frecuencia de la contracción en el corazón, con lo que disminuye la tensión arterial. Deben ser usados con precaución en diabéticos y en pacientes con patologìa respiratoria.
 Los calcioantagonistas, que favorecen la dilatación o ensanchamiento de los vasos sanguíneos sanguíneos. Algunos actúan también disminuyendo la fuerza y frecuencia de la contracción cardiaca.
 Los inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina (IECAS), que actúan inhibiendo la formación de angiotensina II. La angiotensina II produce una intensa vasoconstricción arterial, con la consiguiente elevación de la presión arterial arterial, así como una retención de agua y sal en el organismo.
 Los antagonistas del receptor de angiotensina II (ARA II) es el grupo de fármacos de más reciente introducción. Actúan bloqueando la unión de la angiotensina II a sus receptores y de esta forma evitan su acción presora.
 Los vasodilatadores, que actúan dilatando las arteriolas. Con frecuencia han de tomarse en combinación con otro fármaco antihipertensivo.


El control adecuado de la tensión arterial requiere por parte del paciente regularidad y constancia en el cumplimiento del tratamiento.

¿Se puede prevenir la hipertensión arterial?

La hipertensión arterial se puede prevenir en muchas personas. Las claves de la prevención son:

Mantenga un peso moderado
Reduzca el consumo de sal en las comidas
Practique ejercicio de forma regular
Modere el consumo de alcohol, nunca excediendo de dos bebidas al día  


Conviene realizarse un control de tensión arterial al menos cada 5 años.

FUENTE: Saludalia Agosto 2001
 
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